
En este artículo
- El día en que el universo se volvió transparente
- Encontrada por accidente, con un año de retraso
- Las manchas que lo explican todo
- Sesenta años afinando el mismo mapa
- El problema que esta radiación ha abierto
- Lo que todavía no sabemos
- Preguntas frecuentes
- ¿Qué es la radiación cósmica de fondo?
- ¿Quién descubrió la radiación de fondo de microondas?
- ¿Por qué la radiación de fondo demuestra el Big Bang?
- ¿Qué son las anisotropías de la radiación de fondo?
- ¿Qué es la tensión de Hubble?
- ¿Se puede ver la radiación cósmica de fondo?
En 1964, dos ingenieros de los laboratorios Bell tenían un problema con una antena. Fuera donde fuera que la apuntaran, a cualquier hora, en cualquier estación del año, había un siseo de fondo que no se iba. Revisaron los cables, enfriaron el receptor, echaron a un par de palomas que anidaban dentro y limpiaron los excrementos. El ruido seguía. Tardaron un año en aceptar lo que estaban oyendo: la radiación cósmica de fondo, la luz más antigua que existe, emitida cuando el universo tenía 380.000 años y todavía no había ni una sola estrella.
LO ESENCIAL
Qué es: el destello del momento en que el universo se enfrió lo suficiente para volverse transparente y la luz pudo por fin viajar libre.
Dónde está: en todas partes, en todas direcciones. Llega a tu cuerpo ahora mismo, a razón de unos 400 fotones por centímetro cúbico.
Su temperatura: 2,725 grados sobre el cero absoluto, medida con una precisión de cuatro decimales. Salió a 3.000 grados y se enfrió por el camino.
Para qué sirve: de sus manchas hemos deducido la edad, la forma y la composición del universo. Y un problema que nadie sabe resolver.
El día en que el universo se volvió transparente
Durante sus primeros 380.000 años, el universo era opaco. No oscuro: opaco. Estaba tan caliente que los electrones andaban sueltos, sin poder unirse a los núcleos, y un electrón libre es un obstáculo perfecto para un fotón. La luz existía en cantidades enormes, pero no llegaba a ninguna parte: cada fotón rebotaba contra un electrón, salía disparado en otra dirección y volvía a chocar. El cosmos entero era como el interior de una niebla luminosa.
Entonces la expansión hizo su trabajo. Al estirarse, el universo se enfrió, y cuando la temperatura bajó a unos 3.000 grados ocurrió algo decisivo: los electrones ya no tenían energía para resistirse y se acoplaron a los protones formando los primeros átomos de hidrógeno neutro. Los obstáculos desaparecieron de golpe. En un intervalo relativamente breve, la niebla se disipó y todos los fotones que estaban rebotando salieron disparados en línea recta. Llevan viajando desde entonces.
Ese instante tiene nombre: recombinación, y la esfera imaginaria desde la que nos llega esa luz se llama superficie de última dispersión. Es literalmente lo más lejos que se puede ver con luz: por detrás no hay oscuridad, hay niebla. Antes de eso, el universo ya había fabricado sus primeros núcleos atómicos en los tres primeros minutos de nucleosíntesis, pero ninguna imagen de aquello puede alcanzarnos.
Por qué está tan fría si salió a 3.000 grados
Porque el espacio por el que viaja se ha estirado. Cuando una onda atraviesa un espacio en expansión, su longitud de onda crece con él, y una onda más larga significa menos energía. Desde entonces el universo se ha expandido por un factor de aproximadamente 1.100, y la radiación se ha enfriado exactamente en esa proporción: de 3.000 grados a 2,725 grados sobre el cero absoluto. Aquella luz salió siendo un resplandor naranja visible; ahora son microondas, invisibles para el ojo.
EL MAPA DE LA LUZ MÁS ANTIGUA
Así se ve el cielo entero en microondas, al estilo del mapa del satélite Planck
Representación esquemática. El mapa real fue elaborado por la misión Planck de la ESA a partir de datos tomados entre 2009 y 2013. espacioentrelazado.es
Encontrada por accidente, con un año de retraso
Arno Penzias y Robert Wilson trabajaban en Holmdel, Nueva Jersey, con una antena de bocina de seis metros construida para comunicaciones por satélite. Querían medir la emisión de radio de nuestra galaxia y necesitaban conocer el ruido de fondo del instrumento para restarlo. El problema es que el ruido era mayor de lo que debía, equivalente a una temperatura de unos tres grados y medio, y no dependía de hacia dónde miraran ni de la hora del día. Un ruido que viene por igual de todas las direcciones no puede tener un origen local.
Lo que ninguno de los dos sabía es que a apenas sesenta kilómetros, en Princeton, el equipo de Robert Dicke y Jim Peebles estaba construyendo un detector para buscar exactamente eso. Habían razonado que, si el universo empezó caliente, tenía que quedar un resplandor residual. La predicción venía de más atrás: Ralph Alpher y Robert Herman la habían calculado ya en 1948, estimando unos cinco grados, y el trabajo cayó en el olvido durante quince años.
Una llamada de teléfono conectó los dos grupos. Dicke colgó y le dijo a su equipo la frase que ha quedado para la historia: nos han pisado la noticia. En 1965 se publicaron dos artículos en el mismo número del Astrophysical Journal: uno de Penzias y Wilson describiendo el ruido sin interpretarlo, y otro del grupo de Princeton explicando qué significaba. Penzias y Wilson recibieron el Nobel de Física en 1978; el equipo que sabía lo que estaba buscando, no.
El hallazgo zanjó de un golpe la discusión que dominaba la cosmología. Había dos modelos rivales: el del universo con un origen caliente y el del estado estacionario, según el cual el cosmos siempre había sido más o menos igual. Un resplandor residual solo tiene sentido en el primero. La teoría del Big Bang pasó de hipótesis discutida a modelo estándar en cuestión de meses, y por eso esta radiación es su evidencia más difícil de rebatir: no es una interpretación de algo indirecto, es el resplandor mismo.
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Las manchas que lo explican todo
Durante casi treinta años, la radiación de fondo pareció desesperantemente lisa. Mirases donde mirases, la misma temperatura. Y eso era un problema, porque si el universo primitivo hubiera sido perfectamente uniforme, hoy no existirían ni galaxias ni estrellas ni nosotros: hace falta que unas zonas sean algo más densas que otras para que la gravedad tenga por dónde empezar.
En 1992, el satélite COBE encontró las irregularidades. Son ridículamente pequeñas: una parte en 100.000, es decir, dos diezmilésimas de grado entre las zonas más frías y las más calientes. Pero están ahí, y son exactamente el nivel de rugosidad que hacía falta. Las regiones ligeramente más frías correspondían a zonas algo más densas, donde la luz tuvo que gastar algo de energía para escapar de un pozo gravitatorio. Cada mancha azul del mapa es el embrión de un cúmulo de galaxias de los que vemos hoy. George Smoot y John Mather recibieron el Nobel en 2006 por ese mapa.
Lo que vino después fue todavía mejor. Al analizar el tamaño típico de las manchas se encontró un patrón de picos, huellas de ondas sonoras que recorrían el plasma primitivo antes de la recombinación: el universo bebé literalmente sonaba. Y de la posición de esos picos se extrae una cantidad asombrosa de información. El primero indica la geometría del cosmos, y dice que el universo es plano con un margen de error inferior al 1%. La relación entre los picos revela cuánta materia normal hay y cuánta no lo es.
La receta del universo, leída en las manchas
De este mapa sale el reparto que hoy aparece en todos los libros: aproximadamente un 5% de materia ordinaria (todo lo que está hecho de átomos: estrellas, planetas, tú), un 27% de materia oscura y un 68% de energía oscura. Y también la edad: 13.800 millones de años, con una incertidumbre de apenas 20 millones. Todo eso se deduce del tamaño de unas manchas de dos diezmilésimas de grado.
Sesenta años afinando el mismo mapa
La historia de la cosmología moderna se puede contar como una sucesión de instrumentos apuntando al mismo sitio con cada vez más resolución. Cada salto ha convertido una mancha borrosa en estructura con detalle, y cada vez que eso ha ocurrido, han caído modelos teóricos.
| Instrumento | Años | Qué aportó |
|---|---|---|
| Antena de Holmdel | 1964-1965 | El descubrimiento. Nobel en 1978 |
| COBE (NASA) | 1989-1993 | Espectro perfecto de cuerpo negro y primeras manchas. Nobel en 2006 |
| WMAP (NASA) | 2001-2010 | La primera edad precisa del universo y el reparto de sus ingredientes |
| Planck (ESA) | 2009-2013 | El mapa de referencia, con detalle de cinco minutos de arco |
| ACT (Chile) | 2007-2022 | Datos finales en 2025: tres veces menos ruido que Planck en polarización |
Merece la pena detenerse en un detalle de COBE que suele pasarse por alto. El satélite midió cómo se reparte la energía de esta radiación entre las distintas frecuencias, y el resultado encaja con la curva teórica de un cuerpo negro perfecto con tal exactitud que los puntos de datos no caben fuera del grosor de la línea dibujada. Cuando se presentó en un congreso en 1990, la sala se puso en pie a aplaudir. Es la medición de un cuerpo negro más precisa que existe en la naturaleza, y solo tiene una explicación posible: esa luz estuvo en equilibrio térmico dentro de un horno.
El problema que esta radiación ha abierto
Aquí es donde la historia deja de ser un cuento de éxitos. Del mapa de la radiación de fondo se puede deducir a qué velocidad se expande el universo: sale un valor de unos 67 kilómetros por segundo por megapársec. El problema es que se puede medir lo mismo de otra manera completamente distinta, observando estrellas variables y supernovas en galaxias cercanas, sin usar la radiación de fondo para nada. Y ese método da unos 73.
Un 8% de diferencia no suena a mucho, pero las dos mediciones tienen barras de error tan pequeñas que no se solapan ni de lejos. Se la conoce como la tensión de Hubble, lleva más de una década sobre la mesa, y durante años se esperaba que se disolviera cuando alguien encontrase un error sistemático en alguno de los dos lados. No ha ocurrido: cada nueva medición ha estrechado los errores y ha hecho el desacuerdo más difícil de ignorar.
En noviembre de 2025, el Telescopio de Cosmología de Atacama publicó su entrega final de datos, con 19.000 grados cuadrados de cielo cartografiados en tres frecuencias y un ruido en polarización tres veces menor que el de Planck. El resultado tiene dos caras. Por un lado confirma el valor bajo con una precisión mayor que nunca, así que el desacuerdo no era un fallo de Planck. Por otro, y esto es lo incómodo, el equipo probó una batería de modelos teóricos propuestos para resolver la tensión —física nueva en el universo temprano, radiación oscura adicional, energía oscura que cambia con el tiempo— y ninguno de ellos la reconcilia. Descartar candidatos es progreso, pero de momento el problema sigue abierto.
Lo que todavía no sabemos
La gran pieza que falta es un patrón concreto de polarización en esta radiación, los llamados modos B primordiales. Si la teoría de la inflación es correcta y el universo sufrió una expansión desbocada en su primera fracción de segundo, aquel episodio tuvo que generar ondas gravitacionales que dejarían esa marca. Encontrarla sería la confirmación directa de la inflación y una ventana a energías que ningún acelerador alcanzará jamás.
En 2014 se anunció que se había conseguido. El experimento BICEP2 presentó una detección en rueda de prensa, hubo titulares en todo el mundo y se habló de Nobel inmediato. Meses después, los datos de Planck sobre el polvo de nuestra propia galaxia demostraron que la señal se explicaba por completo con ese polvo. La detección se retiró. Fue un golpe duro, y también un buen ejemplo de que el mecanismo de corrección funciona: la comunidad tardó menos de un año en desmontar su propio anuncio estrella.
La búsqueda continúa desde el mismo desierto de Atacama con un instrumento nuevo, el Observatorio Simons, que ha tomado el relevo del telescopio anterior. Si esos modos B existen y son lo bastante intensos, deberían aparecer en los próximos años. Y si no aparecen, buena parte de los modelos de inflación quedarán descartados, que también es una respuesta. Todo lo publicado sobre el origen y la evolución del cosmos está en la sección de cosmología.
Queda un detalle para terminar. Esta radiación no es una curiosidad remota que solo detecten los satélites: te atraviesa continuamente. Y en los televisores analógicos, aquella nieve que aparecía entre canales tenía una pequeña fracción de origen cósmico. Durante décadas, sin saberlo, mucha gente estuvo viendo en su salón el resplandor del universo recién nacido.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la radiación cósmica de fondo?
Es la luz más antigua del universo, emitida unos 380.000 años después del Big Bang, cuando el cosmos se enfrió lo suficiente para que los electrones se unieran a los núcleos y dejaran de bloquear el paso de los fotones. Desde ese momento esa luz viaja libre, y llena todo el cielo en todas direcciones. Hoy la detectamos en forma de microondas, a 2,725 grados sobre el cero absoluto.
¿Quién descubrió la radiación de fondo de microondas?
Arno Penzias y Robert Wilson, en 1964 y 1965, por accidente: intentaban eliminar un ruido persistente en una antena de los laboratorios Bell en Nueva Jersey. A la vez, el equipo de Robert Dicke en Princeton construía un detector para buscarla deliberadamente, y Ralph Alpher y Robert Herman la habían predicho en 1948. Penzias y Wilson recibieron el Nobel de Física en 1978.
¿Por qué la radiación de fondo demuestra el Big Bang?
Porque solo tiene sentido si el universo tuvo un pasado caliente y denso. Su espectro coincide con el de un cuerpo negro perfecto con una precisión sin igual en la naturaleza, lo que exige que esa luz estuviera en equilibrio térmico dentro de un entorno extremadamente caliente. El modelo rival de la época, el del estado estacionario, no puede producir un resplandor residual así.
¿Qué son las anisotropías de la radiación de fondo?
Las minúsculas diferencias de temperatura entre unas zonas del cielo y otras, de una parte en 100.000, es decir, dos diezmilésimas de grado. Las descubrió el satélite COBE en 1992. Son fundamentales porque marcan las regiones que eran algo más densas en el universo primitivo, y de ellas nacieron por gravedad las galaxias y los cúmulos que existen hoy.
¿Qué es la tensión de Hubble?
El desacuerdo entre dos formas de medir a qué velocidad se expande el universo. A partir de la radiación de fondo sale un valor de unos 67 kilómetros por segundo por megapársec; midiendo supernovas y estrellas variables en galaxias cercanas sale unos 73. Las barras de error no se solapan. Los datos finales del telescopio ACT, publicados en 2025, confirman el valor bajo y descartan los modelos propuestos para explicar la diferencia.
¿Se puede ver la radiación cósmica de fondo?
Con los ojos no, porque es radiación de microondas y no de luz visible. Pero se puede detectar con instrumentos sencillos, y en los antiguos televisores analógicos una pequeña fracción de la nieve que aparecía entre canales procedía de esta radiación. Los mapas detallados que se publican, como el de la misión Planck, son representaciones en falso color de las diferencias de temperatura.
FUENTES Y PARA SABER MÁS
— Penzias, A. y Wilson, R.: A Measurement of Excess Antenna Temperature at 4080 Mc/s, Astrophysical Journal (1965)
— NASA: resultados de las misiones COBE y WMAP (lambda.gsfc.nasa.gov)
— ESA: Planck 2018 results, parámetros cosmológicos (esa.int/planck)
— Atacama Cosmology Telescope: DR6 power spectra, likelihoods and ΛCDM parameters, JCAP (2025)
— Simons Observatory: objetivos científicos y estado del proyecto (simonsobservatory.org)


