El telescopio James Webb: qué es, cómo funciona y sus mejores imágenes

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Telescopios
Actualizado julio 2026

El telescopio James Webb es, básicamente, una máquina del tiempo de 10.000 millones de dólares. Su espejo dorado capta la luz de galaxias tan lejanas que esa luz salió cuando el universo era un bebé, hace más de 13.500 millones de años. Cuando el Webb fotografía una de esas galaxias, no la ve como es ahora, sino como era en el amanecer del cosmos. Desde que abrió los ojos en 2022 no ha parado de romper récords y de obligarnos a reescribir lo que creíamos saber.

Lo esencial

Qué es: El telescopio espacial más potente jamás construido, un proyecto de la NASA, la ESA y la agencia canadiense.

Su espejo: 6,5 metros de diámetro, formado por 18 segmentos hexagonales recubiertos de oro.

Cómo ve: En luz infrarroja, lo que le permite atravesar el polvo y ver los objetos más lejanos y antiguos.

Dónde está: A 1,5 millones de km de la Tierra, cuatro veces más lejos que la Luna.

¿Para qué sirve el James Webb?

El Webb se diseñó para responder a algunas de las preguntas más grandes de la astronomía: ¿cómo eran las primeras galaxias que se formaron tras el Big Bang? ¿Cómo nacen las estrellas y los planetas dentro de las nubes de polvo? ¿Qué hay en las atmósferas de los exoplanetas? Es una herramienta pensada para mirar más lejos y más atrás en el tiempo que ningún telescopio anterior, y para ver cosas que el ojo humano jamás podría percibir.

Su lanzamiento, el día de Navidad de 2021, fue uno de los momentos más tensos de la historia espacial reciente: tras despegar, tuvo que desplegarse solo en el espacio en un proceso de dos semanas con cientos de pasos, cualquiera de los cuales podría haberlo arruinado. Todo salió perfecto, y desde julio de 2022 nos envía imágenes que han dado la vuelta al mundo.

James Webb vs Hubble: ¿en qué se diferencian?

El Hubble, en órbita desde 1990, revolucionó la astronomía y sigue en activo. Pero el Webb juega en otra liga, y no es su sustituto sino su sucesor y complemento: ven la luz de formas distintas. Esta es la comparación cara a cara:

James Webb

2021

Hubble

1990

6,5 mEspejo2,4 m
InfrarrojoVe enVisible y UV
1,5 M km (L2)Distancia540 km (órbita baja)
No reparableMantenimientoReparado 5 veces
~500 M años tras el Big BangAlcance~800 M años

James Webb vs Hubble · espacioentrelazado.es

La diferencia clave es la última: el Webb ve más atrás en el tiempo. Y hay un motivo profundo para ello que tiene que ver con por qué observa en infrarrojo.

¿Por qué ve en infrarrojo?

Por dos razones geniales. La primera es que el universo se expande, y esa expansión «estira» la luz de las galaxias lejanas hacia longitudes de onda más largas, es decir, hacia el rojo y el infrarrojo (un efecto llamado corrimiento al rojo). La luz visible que emitieron las primeras galaxias nos llega hoy convertida en infrarrojo. El Hubble no puede verla; el Webb sí. Por eso el Webb puede asomarse a épocas que a Hubble le estaban vetadas.

La segunda es que el infrarrojo atraviesa el polvo. Muchas estrellas y planetas nacen dentro de densas nubes de gas y polvo que bloquean la luz visible. En infrarrojo, esas nubes se vuelven casi transparentes, y el Webb puede ver los «viveros estelares» por dentro, algo que había permanecido oculto. Es como tener gafas que ven a través de la niebla.

POR ESO ESTÁ TAN LEJOS Y TAN FRÍO

Para captar el débil calor infrarrojo del universo, el Webb tiene que estar frío, a unos −233 °C. Por eso viaja a 1,5 millones de km, en un punto llamado L2 donde puede protegerse del Sol con un parasol del tamaño de una pista de tenis. Y por eso, a diferencia del Hubble, no se puede reparar: ningún astronauta puede llegar hasta allí.

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El mes más tenso de la astronomía

Poner en marcha el Webb fue una hazaña de ingeniería que roza lo increíble, y es una de las mejores historias de todo lo que contamos sobre telescopios. Como el espejo y el parasol eran demasiado grandes para caber desplegados en un cohete, viajaron plegados como un origami de miles de millones de dólares. Una vez en el espacio, el telescopio tuvo que desdoblarse solo, paso a paso, durante unas dos semanas.

Los ingenieros identificaron 344 «puntos únicos de fallo»: 344 pasos que, si cualquiera salía mal, podían arruinar la misión sin posibilidad de arreglo, porque nadie puede ir a repararlo. Desplegar el parasol de cinco capas finísimas, tensarlo, abrir las alas del espejo, alinear los 18 segmentos… cada maniobra se siguió conteniendo la respiración desde la Tierra. Que todo funcionara a la primera es uno de los mayores logros técnicos de la historia espacial. Luego vino el viaje hasta L2 y meses de enfriamiento y calibración antes de la primera imagen.

El espejo dorado de 18 hexágonos

El corazón del Webb es su espejo de 6,5 metros, con una superficie seis veces mayor que la del Hubble: cuanto más grande es el espejo, más luz recoge y más débiles y lejanos son los objetos que puede detectar. Pero un espejo tan grande no cabía en ningún cohete, así que los ingenieros lo dividieron en 18 segmentos hexagonales que viajaron plegados y se desplegaron ya en el espacio, alineándose después con una precisión de nanómetros.

Y sí, están recubiertos de oro real, aunque una capa finísima: en total, apenas unos gramos repartidos por toda la superficie. El oro no es un lujo, sino óptica pura: refleja la luz infrarroja mucho mejor que otros metales. Ese brillo dorado, ya icónico, es la razón de que el Webb sea tan reconocible.

Detrás del espejo, el Webb esconde cuatro instrumentos que hacen el trabajo fino. Algunos son cámaras que toman las imágenes espectaculares; otros son espectrógrafos, que descomponen la luz en sus colores para leer de qué está hecho un objeto lejano, como si fuera un código de barras cósmico. Gracias a ellos, el Webb no solo fotografía: analiza la química de galaxias y atmósferas de exoplanetas a miles de años luz. Una cámara te dice cómo se ve algo; un espectrógrafo te dice de qué está hecho, y esa combinación es lo que convierte al Webb en una herramienta tan revolucionaria.

Los descubrimientos que lo han cambiado todo

En apenas unos años, el Webb ha dado titulares una y otra vez. Su primera imagen científica, presentada en julio de 2022, ya fue un mazazo: un «campo profundo» que mostraba miles de galaxias en una porción de cielo tan pequeña como un grano de arena sostenido con el brazo estirado. En esa imagen, tomada en apenas medio día de observación, había galaxias cuya luz llevaba viajando más de 13.000 millones de años. Fue la fotografía más profunda y nítida del universo lejano jamás tomada, y solo era el aperitivo. Estos son algunos de sus mayores golpes:

Primer campo profundo del telescopio James Webb: el cúmulo de galaxias SMACS 0723
El primer campo profundo del Webb (2022): miles de galaxias en la región del cúmulo SMACS 0723. Muchas aparecen curvadas y estiradas por el efecto de lente gravitacional del propio cúmulo. — Crédito: NASA, ESA, CSA, STScI

Las galaxias más lejanas jamás vistas. El Webb ha batido su propio récord varias veces. La galaxia MoM-z14, confirmada en 2025, existía apenas 280 millones de años después del Big Bang. Y lo desconcertante es que muchas de estas galaxias tempranas son más grandes, brillantes y maduras de lo que los modelos predecían, lo que está obligando a repensar cómo se formó el universo primitivo.

Atmósferas de exoplanetas. El Webb puede analizar la luz que atraviesa la atmósfera de planetas de otras estrellas y detectar de qué gases está hecha. Ha identificado dióxido de carbono, vapor de agua y otras moléculas en mundos lejanos, un paso decisivo en la búsqueda de señales de vida.

Imágenes de una belleza sin precedentes. Sus retratos de los «Pilares de la Creación» o de nebulosas donde nacen estrellas tienen un detalle que ninguna cámara anterior había logrado. No son solo bonitas: cada una es un tesoro de datos científicos. También aporta pistas indirectas sobre la materia oscura al revelar cómo se distribuyen las galaxias más antiguas.

Los Acantilados Cósmicos de la nebulosa Carina captados por el telescopio James Webb
Los «Acantilados Cósmicos» de la nebulosa Carina (NGC 3324), a 7.600 años luz, en infrarrojo con la cámara NIRCam del Webb. Lo que parecen montañas es el borde de una enorme cavidad de gas donde están naciendo estrellas. — Crédito: NASA, ESA, CSA, STScI

Misterios nuevos. No todo son respuestas. El Webb ha descubierto unos extraños objetos rojizos y compactos en el universo temprano, apodados «puntos rojos pequeños» (little red dots), que nadie sabe muy bien qué son: ¿galaxias densísimas, agujeros negros comiendo a lo bestia, o algo aún sin nombre? Cada respuesta que da el telescopio parece traer dos preguntas nuevas, y eso es exactamente lo que hace avanzar a la ciencia.

Un telescopio de toda la humanidad

Aunque cueste una fortuna, el Webb no pertenece a un solo país ni a un puñado de científicos. Cualquier investigador del mundo puede solicitar tiempo de observación, y un comité internacional elige las mejores propuestas. Además, los datos que recoge se hacen públicos tras un tiempo, de modo que estudiantes y aficionados de cualquier lugar pueden descargarlos y analizarlos gratis. Muchos de los grandes hallazgos han salido de equipos que combinaron esos datos abiertos de formas que nadie había previsto.

Es, en cierto sentido, uno de los proyectos más colaborativos que ha emprendido nuestra especie: miles de personas de decenas de países, a lo largo de tres décadas, para construir un ojo capaz de ver el amanecer del universo. Cuando miras una imagen del Webb, estás viendo el resultado de esa ambición compartida.

Lo que todavía no sabemos

El Webb está planteando más preguntas de las que responde, y eso es una gran noticia. ¿Por qué las primeras galaxias crecieron tan rápido? ¿Cómo se formaron los agujeros negros supermasivos tan pronto? ¿Habrá alguna atmósfera de exoplaneta con una firma clara de vida? Su combustible le da para unos 20 años de trabajo, así que aún tiene mucho que enseñarnos. Y no está solo: junto a observatorios en tierra como el Roque de los Muchachos en La Palma, forma parte de una nueva era dorada de la astronomía. Lo mejor, probablemente, está aún por llegar.

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Preguntas frecuentes

¿Qué es el telescopio James Webb?

Es el telescopio espacial más potente jamás construido, fruto de la colaboración entre la NASA, la ESA y la agencia canadiense. Observa en luz infrarroja con un espejo de 6,5 metros y está situado a 1,5 millones de km de la Tierra. Se lanzó en diciembre de 2021.

¿En qué se diferencia del Hubble?

El Webb tiene un espejo mucho mayor (6,5 m frente a 2,4 m), observa en infrarrojo en lugar de en luz visible, y está a 1,5 millones de km en vez de en órbita baja. Eso le permite ver galaxias más lejanas y antiguas y atravesar el polvo. El Hubble sigue activo y ambos se complementan.

¿Por qué el James Webb observa en infrarrojo?

Por dos razones: la luz de las galaxias más lejanas llega estirada hacia el infrarrojo por la expansión del universo, y el infrarrojo atraviesa las nubes de polvo donde nacen las estrellas. Así puede ver lo más antiguo y lo que está oculto a la luz visible.

¿Cuánto costó el telescopio James Webb?

Alrededor de 10.000 millones de dólares, lo que lo convierte en uno de los proyectos científicos más caros de la historia. Tardó más de dos décadas en construirse y su lanzamiento se retrasó varias veces.

¿Se puede reparar el James Webb como se hizo con el Hubble?

No. El Hubble está en órbita baja y fue reparado por astronautas cinco veces. El Webb está a 1,5 millones de km, mucho más lejos que la Luna, donde ninguna misión tripulada puede llegar hoy por hoy. Por eso su despliegue tenía que salir perfecto a la primera.

FUENTES Y PARA SABER MÁS

— NASA: James Webb Space Telescope (science.nasa.gov/webb)

— ESA: Webb / galaxia MoM-z14 (esa.int)

— Space Telescope Science Institute (STScI): imágenes y datos públicos

Manuel Sánchez Ruiz, autor de Espacio Entrelazado
Escrito por

Fundador y autor de Espacio Entrelazado

Ingeniero de formación y divulgador científico. Escribo sobre astronomía y astrofísica para que cualquier persona pueda entender el universo sin necesidad de un doctorado. Rigor y claridad, siempre.

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