
En este artículo
- Por qué buscamos en radio y no en cualquier otra cosa
- Las cinco señales, y en qué quedó cada una
- 1967: los pulsos tan perfectos que los llamaron «hombrecillos verdes»
- 1977: los 72 segundos de la señal Wow!
- 1998-2015: diecisiete años persiguiendo un microondas
- 2007: las ráfagas rápidas de radio, el enigma que sí se está resolviendo
- 2019: la señal que venía de la estrella más cercana (y de un cacharro de aquí)
- Las cinco, comparadas
- Lo que todavía no sabemos
- Preguntas frecuentes sobre las señales del cosmos
- ¿Se ha recibido alguna vez una señal extraterrestre confirmada?
- ¿Qué fue exactamente la señal Wow!?
- ¿Qué son las ráfagas rápidas de radio?
- ¿Por qué se buscan las señales en la frecuencia del hidrógeno?
- ¿Es verdad que un microondas engañó a un radiotelescopio?
- ¿Qué pasó con la señal de Próxima Centauri?
El 15 de agosto de 1977, un radiotelescopio de Ohio registró durante 72 segundos una señal tan limpia y tan fuerte que el astrónomo que revisó el listado rodeó los números con bolígrafo rojo y escribió al margen una sola palabra: Wow!. Cuarenta y nueve años después, esa sigue siendo la más famosa de las señales del cosmos que nadie ha conseguido explicar del todo. Otras cuatro que también parecieron una civilización llamando resultaron ser cosas muy distintas, y una de ellas estaba en la cocina del propio observatorio.
Lo esencial
De qué hablamos: señales de radio llegadas del espacio (o eso parecía) que en su momento no encajaban con nada conocido.
El resultado, sin suspense: de las cinco que repasamos aquí, cuatro tienen explicación. Ninguna era extraterrestre.
La que resiste: la señal Wow!, nunca repetida pese a más de cien intentos de volver a captarla.
Lo mejor de la historia: dos de esas señales acabaron enseñando más física que si hubieran sido alienígenas.
Por qué buscamos en radio y no en cualquier otra cosa
Antes de las señales conviene entender por qué se escucha ahí. De todo el espectro de la luz, la atmósfera terrestre solo deja pasar limpiamente dos tramos: el visible y las ondas de radio. Y las de radio tienen una ventaja añadida: atraviesan el polvo interestelar sin despeinarse y son baratísimas de generar, así que cualquier civilización tecnológica las produciría casi sin querer, igual que las producimos nosotros.
Dentro de la banda de radio hay una frecuencia especial: 1.420 MHz, la que emite el hidrógeno neutro. Es el elemento más abundante del universo, así que cualquiera que mire al cielo con una antena la conoce. La idea, planteada ya en 1959, es que si alguien quisiera llamar la atención elegiría precisamente ese punto del dial por ser el único que todo el mundo tiene marcado. Ahí es donde apuntan casi todas las búsquedas, y ahí es donde apareció la señal más famosa de todas.
Las cinco señales, y en qué quedó cada una
Cinco candidatas y su veredicto actual
LGM-1
Pulsos cada 1,33 segundos
Tan regulares que los bautizaron «hombrecillos verdes». Eran púlsares: estrellas de neutrones girando.
Resuelta
Wow!
72 segundos en la frecuencia del hidrógeno
Treinta veces el ruido de fondo. Nunca se ha vuelto a captar, y ninguna explicación se ha confirmado.
Abierta
Perytons
Destellos raros durante 17 años
Salían del microondas de la cocina del personal cuando alguien abría la puerta antes de tiempo.
Resuelta
FRB
Milisegundos con energía de tres días de Sol
Miles de casos ya catalogados. En 2020 se pilló una dentro de nuestra galaxia y salía de un magnetar.
Casi resuelta
BLC-1
Una portadora estrecha hacia Próxima Centauri
La mejor candidata en décadas. Resultó ser interferencia de aparatos electrónicos terrestres.
Resuelta
El patrón se repite: cuanto mejor es el instrumento, más rápido se descarta la hipótesis extraordinaria.
1967: los pulsos tan perfectos que los llamaron «hombrecillos verdes»
Jocelyn Bell Burnell era estudiante de doctorado en Cambridge cuando, revisando kilómetros de papel continuo de un radiotelescopio que ella misma había ayudado a construir, encontró una marca que se repetía. No era ruido, no era interferencia y no se movía respecto a las estrellas: llegaba puntual cada 1,3373 segundos, con una regularidad de reloj atómico.
Nada natural conocido en 1967 latía así. El grupo llegó a etiquetar la fuente como LGM-1, de Little Green Men, hombrecillos verdes, mitad en broma y mitad en serio. La broma duró poco: semanas después Bell encontró una segunda fuente igual en otra parte del cielo, y dos civilizaciones distintas llamando a la vez con el mismo método era mucho pedir.
Eran púlsares: estrellas de neutrones girando sobre sí mismas y barriendo el espacio con un haz de radio, como un faro. El descubrimiento se llevó el Nobel de Física de 1974, que fue a parar a su director de tesis y no a ella, una decisión que sigue discutiéndose. Y la lección quedó: la señal más artificial jamás recibida resultó ser física ordinaria que aún no habíamos imaginado.
1977: los 72 segundos de la señal Wow!
El radiotelescopio Big Ear, de la Universidad Estatal de Ohio, no se movía: dejaba que la rotación de la Tierra le pasara el cielo por delante. Con ese diseño, cualquier fuente puntual tardaba exactamente 72 segundos en cruzar su campo de visión, y debía aparecer subiendo y bajando de intensidad en ese tiempo. Eso es justo lo que hizo la señal del 15 de agosto de 1977.
La intensidad se anotaba en una escala de un solo carácter, con números y luego letras para los valores altos. Aquella lectura dio 6EQUJ5: la U significaba unas treinta veces el ruido de fondo, con diferencia el registro más fuerte que había pasado por ahí. Jerry Ehman, que revisó el listado días después, rodeó la secuencia y escribió al lado la palabra que le dio nombre.
POR QUÉ SIGUE SIENDO UN PROBLEMA
La señal cumplía todos los requisitos de algo real y lejano: banda estrechísima, en la frecuencia del hidrógeno, con el perfil exacto que produce el paso del cielo por delante de la antena. Pero nunca se ha repetido. Se ha vuelto a mirar esa zona del cielo más de cien veces, con instrumentos mucho mejores, y no hay nada. Y en ciencia una detección que no se puede reproducir no demuestra nada, por espectacular que sea.
Las explicaciones propuestas se han ido cayendo. En 2016 se planteó que dos cometas al pasar por esa dirección podían haber liberado hidrógeno suficiente; el resto de la comunidad la desmontó por las cuentas y por las fechas. La hipótesis más reciente, publicada en 2024 por el equipo de Abel Méndez a partir de datos de archivo de Arecibo, propone algo más elegante: una nube fría de hidrógeno que se ilumina de golpe cuando la barre la radiación de un magnetar. Encaja con la forma de la señal y explica que no se repita, pero, precisamente por ser un fenómeno que ocurre una vez, no hay manera de confirmarla.
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1998-2015: diecisiete años persiguiendo un microondas
El radiotelescopio de Parkes, en Australia, llevaba desde finales de los noventa detectando unos destellos de radio extraños a los que llamaron perytons. Se parecían mucho a las ráfagas rápidas que sí venían del espacio, pero tenían algo raro: aparecían casi siempre a mediodía, casi siempre en días laborables y en varios detectores a la vez, lo que solo pasa con una fuente cercana.
La respuesta llegó en 2015, cuando el observatorio instaló un monitor de interferencias. Emily Petroff y su equipo comprobaron que cada peryton venía acompañado de una emisión a 2,4 GHz, y siguieron el rastro hasta el microondas de la cocina del personal. El aparato emitía un fogonazo de radio en la banda de 1,4 GHz durante el apagado del magnetrón, y eso solo ocurría cuando alguien, impaciente, abría la puerta antes de que terminara la cuenta atrás.
La anécdota es graciosa, pero la conclusión no lo es tanto: los perytons habían contaminado durante diecisiete años el mismo tipo de datos en los que se buscaban señales genuinas. Cerrar ese caso fue lo que permitió afirmar con seguridad que las otras ráfagas, las de verdad, venían de fuera. Todo observatorio dedicado al estudio del cielo dedica hoy una parte seria de su presupuesto a saber qué ruido genera él mismo.
2007: las ráfagas rápidas de radio, el enigma que sí se está resolviendo
En 2007, Duncan Lorimer y David Narkevic encontraron en datos archivados de 2001 un destello de radio de apenas unos milisegundos, tan intenso que la primera reacción fue pensar en un fallo del equipo. Se le conoce como la ráfaga de Lorimer, y abrió una categoría entera: las ráfagas rápidas de radio o FRB.
Los números son difíciles de asimilar. Una ráfaga media libera en un milisegundo tanta energía como el Sol en tres días. La mayoría llegan de galaxias a miles de millones de años luz. Y no son raras: desde que en 2018 entró en servicio el radiotelescopio canadiense CHIME, diseñado para vigilar una franja enorme de cielo a la vez, el catálogo pasó de unas pocas decenas a más de 500 en un solo año y a varios miles en total.
EL 28 DE ABRIL DE 2020
Se detectó por primera vez una ráfaga rápida dentro de la Vía Láctea, a unos 30.000 años luz. Al estar tan cerca, se pudo identificar el culpable sin ambigüedad: SGR 1935+2154, un magnetar, una estrella de neutrones con el campo magnético más intenso que existe. Eso convirtió una hipótesis en un hecho comprobado, al menos para una parte de las ráfagas.
Queda la parte incómoda. Algunas ráfagas se repiten, y una de ellas lo hace con un ciclo de 16,35 días tan puntual que costó explicarlo sin recurrir a algo orbitando. Otras nunca se han repetido. Es probable que bajo la misma etiqueta convivan al menos dos fenómenos distintos, y esa parte sigue abierta. Ninguna hipótesis seria hoy incluye civilizaciones: la energía y la variedad de los casos apuntan a objetos compactos, no a emisores.
2019: la señal que venía de la estrella más cercana (y de un cacharro de aquí)
El 29 de abril de 2019, el proyecto Breakthrough Listen apuntó el radiotelescopio de Parkes hacia Próxima Centauri, la estrella más próxima al Sol y hogar de un planeta del tamaño de la Tierra. Registró una emisión de banda muy estrecha alrededor de 982 MHz que no coincidía con ninguna fuente terrestre conocida y que además se desplazaba en frecuencia como lo haría algo situado en un planeta en movimiento.
La bautizaron BLC-1 y fue la mejor candidata a tecnofirma en décadas: apuntaba al sistema estelar vecino, tenía las características que se esperan de una emisión artificial y aguantó los primeros filtros. El análisis completo, publicado en 2021, encontró decenas de interferencias con la misma forma en frecuencias relacionadas armónicamente con osciladores de reloj corrientes, del tipo que lleva cualquier equipo electrónico. BLC-1 era producto de aparatos terrestres.
El caso dejó algo valioso: un protocolo de verificación que ahora se aplica a cualquier candidata. Es la diferencia entre buscar y saber descartar, y explica por qué las búsquedas hacia el sistema de Alfa Centauri o hacia estrellas como Tau Ceti son cada vez más rápidas cerrando falsos positivos.
Las cinco, comparadas
| Señal | Año | Duración | Qué era en realidad |
|---|---|---|---|
| LGM-1 | 1967 | Pulsos cada 1,3373 s | Un púlsar: estrella de neutrones en rotación |
| Señal Wow! | 1977 | 72 segundos | Sin confirmar. Hipótesis 2024: hidrógeno iluminado por un magnetar |
| Perytons | 1998-2015 | Milisegundos | El microondas de la cocina del observatorio |
| Ráfagas FRB | 2007-hoy | Menos de 1 ms | Magnetares, al menos en parte. Confirmado en 2020 |
| BLC-1 | 2019 | Intermitente | Interferencia de electrónica terrestre |
Lo que todavía no sabemos
Conviene decirlo sin adornos: en más de sesenta años de escucha sistemática no hay ni una sola señal confirmada de origen artificial no humano. Cero. Y eso no es un fracaso de los instrumentos con los que estudiamos el cielo, que hoy son incomparablemente mejores; es simplemente el resultado que hay.
Tampoco significa gran cosa todavía, y ahí está lo interesante. La fracción del cielo, del dial y del tiempo que se ha explorado a fondo sigue siendo diminuta: buscar una emisión concreta implica acertar a la vez con la dirección, la frecuencia y el momento. Ese silencio es el que alimenta la paradoja de Fermi y el debate sobre la posibilidad de vida en otros lugares de la galaxia, y no hay consenso sobre cómo interpretarlo.
De la señal Wow! quedan dos incógnitas que probablemente no se cierren nunca. La primera, qué la produjo. La segunda, más incómoda: si la hipótesis del hidrógeno iluminado es correcta, entonces el suceso más famoso de la historia de la escucha del cielo fue un fenómeno natural que ocurre una vez y no se repite, lo que implica que puede haber muchos más pasando desapercibidos. Puedes seguir el hilo en la sección de astronomía.
Preguntas frecuentes sobre las señales del cosmos
¿Se ha recibido alguna vez una señal extraterrestre confirmada?
No. Ninguna de las candidatas ha superado el criterio básico de la ciencia, que es poder repetir la observación. Las que se han podido volver a estudiar resultaron ser fenómenos naturales o interferencias terrestres, y la única que sigue sin explicación confirmada, la señal Wow!, no se ha vuelto a captar en 49 años.
¿Qué fue exactamente la señal Wow!?
Una emisión de radio de banda estrecha detectada el 15 de agosto de 1977 por el radiotelescopio Big Ear, en la frecuencia del hidrógeno neutro y con una intensidad unas treinta veces superior al ruido de fondo. Duró 72 segundos, justo lo que tarda una fuente fija del cielo en cruzar el campo de ese instrumento. Nadie ha conseguido volver a detectarla.
¿Qué son las ráfagas rápidas de radio?
Destellos de ondas de radio que duran menos de un milisegundo y liberan tanta energía como el Sol en tres días. La primera se identificó en 2007 y hoy hay miles catalogadas. En abril de 2020 se detectó una procedente de un magnetar de nuestra propia galaxia, lo que confirmó al menos una de sus fuentes.
¿Por qué se buscan las señales en la frecuencia del hidrógeno?
Porque los 1.420 MHz del hidrógeno neutro son el punto del espectro de radio que conoce cualquiera que estudie el universo, al ser el elemento más abundante que existe. La lógica, propuesta en 1959, es que sería el lugar natural donde emitir si se quisiera ser encontrado. Además, la atmósfera terrestre deja pasar las ondas de radio sin apenas absorberlas.
¿Es verdad que un microondas engañó a un radiotelescopio?
Sí. Durante diecisiete años el observatorio de Parkes registró destellos de radio inexplicables. En 2015 se descubrió que los generaba el microondas de la cocina del personal al apagarse el magnetrón, cosa que ocurría cuando alguien abría la puerta antes de que acabara el temporizador.
¿Qué pasó con la señal de Próxima Centauri?
La detectó el proyecto Breakthrough Listen en abril de 2019 en torno a los 982 MHz y se llamó BLC-1. Fue la candidata más seria en décadas, pero el análisis publicado en 2021 demostró que se trataba de interferencia generada por electrónica terrestre, con decenas de casos similares en frecuencias relacionadas con osciladores de reloj comunes.
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