Satélites geoestacionarios: la órbita a 35.786 km

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Actualizado en julio, 2026 por Manuel Sánchez Ruiz

Satélites
Actualizado julio 2026

Hay una única altura en todo el universo a la que un satélite parece quedarse quieto sobre un punto de la Tierra: 35.786 kilómetros. Ni 35.000 ni 36.000. Esa cifra no se eligió, se calculó, y de ella dependen la antena parabólica de tu tejado, las imágenes del hombre del tiempo y el medio segundo de retardo que notas en algunas conexiones. Los satélites geoestacionarios viven todos ahí, en un anillo tan concreto que ya está lleno.

Lo esencial

A qué altura están: a 35.786 km sobre el ecuador, es decir, a 42.164 km del centro de la Tierra.

Cuánto tardan en dar una vuelta: 23 horas, 56 minutos y 4 segundos. No 24 horas, y ese detalle es justo el que hace que funcione.

Por qué tienen que estar sobre el ecuador: si la órbita se inclina, el satélite deja de estar quieto y dibuja un ocho en el cielo.

Cuántos hacen falta: tres bastan para cubrir casi todo el planeta, salvo las zonas polares.

Quién lo propuso: el escritor Arthur C. Clarke, en un artículo de 1945. Por eso a esa órbita se la llama también órbita de Clarke.

Qué es un satélite geoestacionario

Un satélite geoestacionario es el que, visto desde el suelo, no se mueve. Apuntas una antena hacia él una vez, la atornillas y ya no vuelves a tocarla en quince años. Eso es lo que hace posible la televisión por satélite tal y como la conocemos: si el satélite se desplazara, cada parabólica del país tendría que ir siguiéndolo.

Ojo con esto, porque es la confusión más frecuente: el satélite se mueve, y muy rápido, a unos 3,07 kilómetros por segundo. Lo que ocurre es que da exactamente una vuelta a la Tierra en el mismo tiempo que la Tierra tarda en girar sobre sí misma. Los dos movimientos se cancelan desde el punto de vista de un observador en el suelo.

Y aquí está el detalle que casi nadie cuenta bien. Ese tiempo no son 24 horas, son 23 horas, 56 minutos y 4 segundos: el día sidéreo, lo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa respecto a las estrellas. Los cuatro minutos que faltan hasta el día solar de 24 horas son los que la Tierra necesita de más para volver a encarar al Sol, porque mientras gira también avanza en su órbita. Un satélite ajustado a 24 horas se desplazaría casi un grado al día y en un año habría dado la vuelta entera al planeta.

DÓNDE ESTÁ LA ÓRBITA GEOESTACIONARIA, A ESCALA

La Tierra y las órbitas, con las proporciones reales. La estación espacial está pegada al planeta.

Tierra

ISS · 400 km

GPS · 20.200 km

Geoestacionaria · 35.786 km

El radio de la órbita geoestacionaria es 6,6 veces el radio de la Tierra.

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Por qué justo a 35.786 kilómetros

La altura no es un capricho de ingeniería: es la única solución de una ecuación. Cuanto más lejos orbita un satélite, más despacio va y más tarda en dar una vuelta. La estación espacial, a 400 km, completa una órbita en hora y media. La Luna, a 384.400 km, tarda 27 días. En algún punto intermedio tiene que haber una altura en la que el período sea exactamente un día sidéreo, y esa altura es 35.786 km.

Geoestacionaria no es lo mismo que geosíncrona

Cualquier órbita con un período de un día sidéreo es geosíncrona. Para que además sea geoestacionaria tiene que cumplir dos condiciones más: ser circular y estar exactamente sobre el ecuador. Un satélite geosíncrono con la órbita inclinada vuelve cada día al mismo sitio, sí, pero durante la jornada sube y baja dibujando un ocho en el cielo. Sirve para algunas cosas; para una parabólica fija, no.

Esa exigencia de estar sobre el ecuador tiene una consecuencia geopolítica curiosa: la órbita geoestacionaria es un anillo único y compartido, y los países ecuatoriales llegaron a reclamar soberanía sobre el trozo que les queda encima. No prosperó. Hoy las posiciones las reparte la Unión Internacional de Telecomunicaciones, separando los satélites unos dos grados para que no se interfieran, lo que deja del orden de 180 huecos aprovechables en las bandas más usadas. El anillo está prácticamente lleno.

La idea la tuvo un escritor de ciencia ficción

En octubre de 1945 no había ni un solo objeto humano en órbita. Faltaban doce años para el Sputnik. Ese mes, un ingeniero de radar británico de 27 años recién salido de la RAF publicó en la revista Wireless World un artículo titulado Extra-Terrestrial Relays donde describía, con los números hechos, una red de tres estaciones repetidoras situadas a 35.800 kilómetros sobre el ecuador que daría cobertura de radio a todo el planeta.

El autor era Arthur C. Clarke, que años después escribiría 2001: una odisea del espacio. No patentó la idea. Contó más tarde que le pareció demasiado remota como para que mereciera la pena: calculaba que tardaría un siglo en hacerse realidad. Tardó diecinueve años.

El Syncom 3 se convirtió en agosto de 1964 en el primer satélite geoestacionario de la historia, y su estreno fue de manual: retransmitir en directo los Juegos Olímpicos de Tokio a Estados Unidos. Por primera vez, un acontecimiento se veía al otro lado del planeta mientras ocurría. Todo lo que hoy damos por hecho en la tecnología de satélites arranca de ahí, y por eso la órbita lleva también el nombre de su autor: órbita de Clarke.

De dónde sale el retardo de la señal

Si alguna vez has hablado por una conexión vía satélite y has notado ese medio segundo incómodo en el que los dos empezáis a hablar a la vez, la culpa no es del operador: es de la velocidad de la luz.

119 ms

tarda la señal solo en subir hasta el satélite

Ida y vuelta son 239 ms, y una conversación necesita ese viaje dos veces: cerca de medio segundo

Ese retardo es físicamente inevitable a esa altura, y es exactamente el motivo por el que las constelaciones modernas de internet han bajado a órbita baja. Un satélite de la constelación Starlink vuela a unos 550 km, sesenta y cinco veces más cerca, y su retardo baja a unas pocas decenas de milisegundos. A cambio no se queda quieto: hacen falta miles de satélites y antenas que los vayan siguiendo. Es el intercambio que define a los satélites de órbita baja frente a los geoestacionarios.

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Para qué se usan y en qué se diferencian de otras órbitas

ÓrbitaAlturaVuelta completaPara qué sirve
Baja (LEO)160 a 2.000 km90 a 120 minutosObservación de la Tierra, internet de baja latencia, estación espacial
Media (MEO)20.200 km12 horasNavegación por satélite: GPS, Galileo, GLONASS
Geoestacionaria35.786 km23 h 56 min 4 sTelevisión, meteorología, comunicaciones fijas
Cementeriounos 300 km por encimaalgo más de un díaAparcar los satélites muertos y liberar el hueco

Las tres aplicaciones clásicas de la órbita geoestacionaria son las comunicaciones, la televisión directa y la meteorología. Esta última es especialmente elegante: como el satélite mira siempre al mismo hemisferio, puede tomar una imagen cada pocos minutos desde el mismo punto de vista, y al encadenarlas sale ese vídeo de las nubes moviéndose que ves en el parte del tiempo. Desde una órbita baja eso sería imposible: el satélite habría pasado de largo.

Lo que no se hace desde ahí es navegación. El GPS y Galileo necesitan que sus satélites se muevan respecto al receptor y que haya varios visibles desde cualquier punto, incluidos los polos, y eso descarta el anillo ecuatorial.

La Tierra completa vista por el satélite geoestacionario GOES-13
La Tierra entera en una sola toma del satélite geoestacionario GOES-13, el 22 de enero de 2016 a las 23:45 UTC, con una ventisca invernal cubriendo el este de Estados Unidos. Ver el disco completo del planeta de golpe es precisamente lo que permite la órbita geoestacionaria. — Crédito: NOAA/NASA GOES Project

El límite: no sirve para los polos

Si el satélite está sobre el ecuador y tú estás muy al norte, lo verás muy bajo, casi rozando el horizonte. Pasada una latitud de unos 70 grados deja de ser práctico: cualquier montaña, edificio o árbol tapa la señal, y la atmósfera que atraviesa el haz es demasiado gruesa. Por eso Noruega, Alaska o las bases antárticas no pueden apoyarse en satélites geoestacionarios y recurren a órbitas muy elípticas e inclinadas, que se quedan colgadas mucho rato sobre las latitudes altas.

La solución clásica a ese problema la inventó la Unión Soviética, que por geografía la necesitaba más que nadie: la órbita Molniya, muy alargada e inclinada 63,4 grados. Un satélite en esa órbita pasa volando cerca del hemisferio sur y luego se arrastra durante unas ocho horas por encima del norte, casi parado, porque en el punto más alejado apenas se mueve. Con tres satélites turnándose se consigue cobertura permanente sobre Siberia. No es geoestacionaria, pero resuelve lo mismo por otro camino, y es un buen recordatorio de que la órbita de Clarke no es la única respuesta posible.

Lo que todavía es un problema

Un satélite geoestacionario no se queda quieto solo. La Tierra no es una esfera perfecta y, además, tiran de él el Sol y la Luna, así que se desvía. Hay que corregirlo con pequeños encendidos de motor varias veces al año, y cuando se acaba el combustible el satélite deja de ser útil aunque su electrónica funcione perfectamente. La vida útil de estos aparatos la marca el depósito, no la tecnología.

Y hay un detalle inquietante: en ese anillo existen dos posiciones de equilibrio estable hacia las que derivan los satélites abandonados. Con el tiempo, la chatarra tiende a acumularse justo ahí. Por eso desde principios de siglo la norma internacional obliga a reservar combustible para el último viaje: subir el satélite a la órbita cementerio, unos 300 km más arriba, antes de apagarlo. No siempre se cumple.

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Preguntas frecuentes

¿A qué altura están los satélites geoestacionarios?

A 35.786 kilómetros sobre el ecuador, lo que equivale a 42.164 kilómetros medidos desde el centro de la Tierra, unas 6,6 veces el radio terrestre. Es la única altura a la que el período orbital coincide con la rotación del planeta.

¿Por qué parece que no se mueven?

Porque se mueven exactamente al mismo ritmo que gira la Tierra debajo. El satélite viaja a unos 3,07 kilómetros por segundo y completa una vuelta en 23 horas, 56 minutos y 4 segundos, el día sidéreo. Visto desde el suelo, los dos movimientos se cancelan y el satélite queda fijo en el cielo.

¿Cuál es la diferencia entre geoestacionario y geosíncrono?

Geosíncrono es cualquier satélite cuyo período orbital dure un día sidéreo. Geoestacionario es un caso particular que además exige una órbita circular y situada exactamente sobre el ecuador. Un geosíncrono inclinado vuelve cada día al mismo punto, pero durante la jornada dibuja un ocho en el cielo.

¿Cuántos satélites geoestacionarios hacen falta para cubrir la Tierra?

Tres, repartidos a 120 grados uno de otro, cubren prácticamente todo el planeta salvo las regiones polares. Fue precisamente el cálculo que publicó Arthur C. Clarke en 1945, casi veinte años antes de que existiera el primer satélite de este tipo.

¿Por qué hay retardo en las comunicaciones por satélite?

Porque la señal tiene que recorrer 35.786 kilómetros de subida y otros tantos de bajada, y la luz tarda unos 119 milisegundos en cada trayecto. El viaje completo son 239 milisegundos, y una conversación necesita ese recorrido en los dos sentidos: cerca de medio segundo. Es un límite físico, no un fallo del servicio.

¿Se pueden usar satélites geoestacionarios en los polos?

En la práctica no. Por encima de unos 70 grados de latitud el satélite se ve tan bajo sobre el horizonte que cualquier obstáculo bloquea la señal. Las regiones polares usan órbitas muy elípticas e inclinadas, que permanecen mucho tiempo sobre las latitudes altas en cada vuelta.

FUENTES Y PARA SABER MÁS

— A. C. Clarke: Extra-Terrestrial Relays, Wireless World, octubre de 1945

— Unión Internacional de Telecomunicaciones: Reglamento de Radiocomunicaciones y asignación de posiciones orbitales (itu.int)

— ESA Space Debris Office: directrices de mitigación y órbita cementerio (esa.int)

— NASA: Syncom 3, primer satélite geoestacionario, agosto de 1964 (nssdc.gsfc.nasa.gov)

Manuel Sánchez Ruiz, autor de Espacio Entrelazado
Escrito por

Fundador y autor de Espacio Entrelazado

Ingeniero de formación y divulgador científico. Escribo sobre astronomía y astrofísica para que cualquier persona pueda entender el universo sin necesidad de un doctorado. Rigor y claridad, siempre.

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