
En este artículo
- La avería empezó cinco años antes de despegar
- Cincuenta y cinco horas y una decisión
- Un salvavidas que no estaba pensado para eso
- El problema que no era el oxígeno, sino el CO2
- La frase que nadie dijo
- Qué cambió después
- Por qué se le llama «fracaso exitoso»
- Preguntas frecuentes sobre el Apolo 13
- ¿Qué falló exactamente en el Apolo 13?
- ¿Por qué no dieron media vuelta directamente?
- ¿Se quedaron sin oxígeno?
- ¿Dijeron «Houston, tenemos un problema»?
- ¿En qué condiciones volvieron?
- ¿Por qué se considera un éxito si fracasó la misión?
La explosión que estuvo a punto de matar a la tripulación del Apolo 13 no fue mala suerte ni un imponderable del espacio. Fue el final de una cadena que empezó años antes, en un despacho: se cambió el voltaje de la nave, se emitió la orden de sustituir un interruptor que no aguantaba el nuevo, el proveedor no la ejecutó y nadie comprobó que se hubiera hecho. Aquella pieza equivocada convirtió un tanque de oxígeno en una bomba, y el 13 de abril de 1970 alguien la encendió pulsando un botón rutinario.
Lo esencial
Qué pasó: a 320.000 km de la Tierra explotó un tanque de oxígeno del módulo de servicio y dejó la nave sin energía, agua ni oxígeno de reserva.
Cómo sobrevivieron: se refugiaron en el módulo lunar, diseñado para dos personas y dos días, y lo estiraron a tres personas y cuatro días.
Lo que casi los mata además: el CO2. Los filtros del módulo de mando eran cuadrados y los huecos del lunar, redondos.
La frase real: no dijeron «tenemos un problema», sino «hemos tenido un problema». La versión famosa es de la película.
La avería empezó cinco años antes de despegar
Esta es la parte que casi ninguna versión popular cuenta bien, y es la más instructiva. Los tanques de oxígeno del módulo de servicio llevaban dentro un calentador con un termostato de seguridad, cuyo trabajo era cortar la corriente si la temperatura subía demasiado. Ese termostato estaba diseñado para los 28 voltios del sistema eléctrico original.
Cuando las naves pasaron a la configuración definitiva para ir a la Luna, la alimentación desde la plataforma de lanzamiento subió a 65 voltios, y se emitió la orden correspondiente: cambiar esos termostatos por unos capaces de aguantar el nuevo voltaje. El fabricante del tanque no hizo el cambio, y la oficina del programa no verificó que se hubiera hecho. El tanque voló con la pieza antigua dentro.
El daño se produjo en tierra, semanas antes del lanzamiento. Durante una prueba hubo que vaciar el tanque y para ello se encendieron los calentadores. El termostato de 28 voltios, sometido a 65, se soldó cerrado: dejó de cortar la corriente. Los calentadores estuvieron horas funcionando sin control y la temperatura interior llegó a rondar los 500 °C. Nadie se enteró, porque los indicadores de a bordo no medían por encima de 27 °C.
Ese calor cuarteó y carbonizó el aislante de teflón de los cables que había dentro del tanque, dejando cobre desnudo dentro de un depósito de oxígeno a presión. La nave despegó así, con un cortocircuito esperando a que alguien accionase el interruptor de los ventiladores de agitación. El día 13, alguien lo accionó.
Cincuenta y cinco horas y una decisión
De la explosión al amerizaje
«Houston, hemos tenido un problema»
Swigert agita los tanques por rutina. Un cortocircuito enciende el oxígeno y revienta el tanque número 2.
DESPUÉS
El otro tanque también se vacía
La explosión dañó las conducciones. Lovell ve gas escapando por la ventanilla: es su oxígeno.
Se mudan al módulo lunar
Apagan el módulo de mando para conservar sus baterías, imprescindibles para la reentrada.
Vuelta a trayectoria de retorno libre
Un encendido corto los pone en la ruta que la propia gravedad lunar cierra sobre la Tierra.
El encendido largo tras rodear la Luna
Cuatro minutos y medio de motor del módulo lunar para acelerar el regreso casi un día entero.
Amerizaje en el Pacífico
Tras un silencio de radio en la reentrada que duró 87 segundos más de lo previsto.
Las horas están contadas desde el despegue, el 11 de abril de 1970. La misión duró casi seis días.
La decisión más importante se tomó enseguida y era contraintuitiva: en lugar de dar media vuelta, siguieron hacia la Luna. Frenar y regresar directamente habría exigido usar el motor principal del módulo de servicio, el mismo que acababa de sufrir una explosión al lado y del que nadie sabía si funcionaría o si terminaría de destrozar la nave. Rodear la Luna y dejar que su gravedad los devolviera era más lento pero no dependía de ese motor.
Como efecto secundario, la tripulación del Apolo 13 ostenta un récord que nadie ha batido: al pasar por detrás de la Luna en un punto especialmente alejado de su órbita, son los seres humanos que más lejos han estado de la Tierra en toda la historia. Ninguna misión posterior volvió a pasar tan lejos, y ninguna prevista a corto plazo lo hará.
Hubo además un problema que no aparece en las películas y que preocupó tanto como el oxígeno: la trayectoria. El módulo lunar no estaba diseñado para empujar el conjunto entero con el módulo de mando acoplado, así que su ordenador no sabía calcular esas maniobras. Los encendidos se hicieron a mano, orientando la nave con la Tierra encuadrada en la ventanilla como referencia visual y cronometrando la duración con un reloj de pulsera.
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Un salvavidas que no estaba pensado para eso
El módulo lunar tenía sus propias baterías, su propio oxígeno y su propio motor, y por eso podía servir de refugio. El problema son los números: estaba dimensionado para mantener a dos personas durante dos días, el tiempo de bajar a la superficie y volver a subir. Había que estirarlo a tres personas y cuatro días.
Las cuentas se hicieron a base de apagar cosas. Se redujo el consumo eléctrico a una fracción de lo normal, dejando encendido lo mínimo imprescindible, y con ello la temperatura interior bajó hasta unos 3 °C: se formaba condensación en las paredes y no podían dormir del frío. El agua se racionó a unos 200 mililitros por persona y día, la quinta parte de lo previsto, porque además servía para refrigerar la electrónica. Los tres perdieron peso y Fred Haise acabó el vuelo con una infección de orina y fiebre alta.
El problema que no era el oxígeno, sino el CO2
Aquí está el detalle que más gente entiende al revés. No se estaban quedando sin oxígeno para respirar: el módulo lunar llevaba de sobra. Lo que subía peligrosamente era el dióxido de carbono que ellos mismos exhalaban, y que hay que retirar del aire con filtros de hidróxido de litio.
El módulo lunar llevaba filtros para dos personas y dos días, y se saturaron. Había repuestos de sobra al lado, en el módulo de mando, con un inconveniente absurdo: los del módulo de mando eran cuadrados y los alojamientos del lunar, redondos. Dos contratistas distintos, dos diseños que nunca tuvieron que encajar entre sí porque no estaba previsto que se usaran juntos.
La solución la improvisó un equipo en tierra con una copia exacta del inventario de a bordo, con la regla de no usar nada que la tripulación no tuviera: bolsas de plástico, cartulina de las tapas del plan de vuelo, una manguera de un traje y cinta adhesiva. Leyeron las instrucciones por radio paso a paso, los astronautas montaron aquel armatoste al que llamaron «el buzón», y las lecturas de CO2 empezaron a bajar a los pocos minutos.
La frase que nadie dijo
La cita más famosa de la historia de la exploración espacial es incorrecta. Nadie dijo «Houston, tenemos un problema». Lo que se transmitió fue, primero, Jack Swigert: «De acuerdo, Houston… hemos tenido un problema aquí». Y después Jim Lovell, repitiendo: «Houston, hemos tenido un problema».
El cambio a presente lo introdujo la película de 1995 porque suena más urgente, y es la versión que se quedó. Pero el pasado del original dice algo sobre cómo se hablaba en aquella cabina: en el momento de comunicarlo, la explosión ya había ocurrido y estaban informando de un hecho, no pidiendo ayuda a gritos. Las transcripciones completas están publicadas y se pueden leer minuto a minuto, como se comenta en la guía de lectura sobre la carrera espacial, donde el libro de Lovell es una de las recomendaciones.
Qué cambió después
| Problema detectado | Cambio aplicado |
|---|---|
| Cables desnudos dentro del tanque de oxígeno | Se rediseñó el tanque: fuera los ventiladores internos y aislante nuevo en los calentadores |
| Una sola fuente de oxígeno y energía | Un tercer tanque en un compartimento separado y una batería de emergencia independiente |
| Órdenes de cambio sin verificar | Auditoría completa de la trazabilidad de componentes en toda la nave |
| Filtros de CO2 incompatibles entre módulos | Se estandarizaron los alojamientos para que sirvieran los mismos cartuchos |
El programa se detuvo nueve meses mientras se aplicaban esos cambios. El Apolo 14 despegó en enero de 1971 y aterrizó, con Alan Shepard al mando, en el mismo destino que no había podido alcanzar el 13. Y hay un detalle que cierra el círculo: la costumbre de ensayar hasta el absurdo situaciones que «no van a pasar nunca» venía de el programa Gemini, y es lo que permitió que los controladores tuvieran procedimientos parciales incluso para esto.
Por qué se le llama «fracaso exitoso»
La misión no cumplió ninguno de sus objetivos: no alunizó, no recogió muestras y no completó un solo experimento previsto. Medida por su plan de vuelo, fue un fracaso completo. Y sin embargo es la más recordada del programa después de el Apolo 11, más que el Apolo 12, que sí alunizó con precisión milimétrica cinco meses antes.
La razón es que demostró algo que ningún alunizaje demuestra: que el sistema aguantaba lo imprevisto. Y no por heroísmo individual, sino por cosas más aburridas y más importantes: un entrenamiento basado en ensayar fallos, simuladores en tierra donde probar cada idea antes de mandarla, redundancia de sistemas y una cadena de mando que dejaba decidir a quien tenía la información. Lo demás —incluido un escudo térmico del que nadie sabía si había sufrido daños en la explosión— fue suerte, y ellos lo sabían. Puedes ver el resto en la sección de misiones lunares y el contexto general en la llegada del hombre a la Luna.
Preguntas frecuentes sobre el Apolo 13
¿Qué falló exactamente en el Apolo 13?
Un tanque de oxígeno del módulo de servicio explotó por un cortocircuito. La causa de fondo fue una orden de cambio que nunca se ejecutó: al subir el voltaje de la nave de 28 a 65 voltios había que sustituir un termostato, no se hizo, y durante una prueba en tierra ese termostato se soldó cerrado y dejó que los calentadores carbonizaran el aislante de los cables del interior.
¿Por qué no dieron media vuelta directamente?
Porque habría hecho falta el motor principal del módulo de servicio, justo el módulo donde acababa de producirse la explosión, y nadie podía garantizar que funcionara. Rodear la Luna y aprovechar su gravedad para volver era más lento pero solo dependía del motor del módulo lunar, que estaba intacto.
¿Se quedaron sin oxígeno?
No. El módulo lunar llevaba oxígeno de sobra. El problema fue el dióxido de carbono que exhalaban, que hay que retirar con filtros de hidróxido de litio: los del módulo lunar se saturaron y los repuestos del módulo de mando eran cuadrados mientras que los alojamientos del lunar eran redondos. Hubo que improvisar un adaptador con bolsas, cartulina, una manguera y cinta adhesiva.
¿Dijeron «Houston, tenemos un problema»?
No exactamente. Jack Swigert dijo «de acuerdo, Houston, hemos tenido un problema aquí», y Jim Lovell lo repitió a continuación. El presente de la frase famosa es una licencia de la película de 1995, que resultó más pegadiza que el original.
¿En qué condiciones volvieron?
Muy malas. Para ahorrar energía apagaron casi todo y la temperatura interior bajó a unos 3 grados, con condensación en las paredes. El agua se racionó a unos 200 mililitros por persona y día, la quinta parte de lo normal. Los tres perdieron peso y Fred Haise terminó el vuelo con una infección urinaria y fiebre.
¿Por qué se considera un éxito si fracasó la misión?
Porque no cumplió ni uno de sus objetivos y aun así los tres tripulantes volvieron vivos desde 320.000 kilómetros con la nave averiada. Demostró que el sistema entero —entrenamiento en fallos, simuladores, redundancia y una cadena de mando que delega en quien tiene los datos— aguantaba una situación que nadie había previsto.
Un termostato equivocado a 320.000 kilómetros de casa
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