
En este artículo
- El Sol está justo por la mitad, y eso no significa estabilidad
- Primer plazo: 1.000 millones de años y se acaba el oxígeno
- La gigante roja: 256 veces más grande y más fría que hoy
- ¿Se traga a la Tierra? El tira y afloja que perdemos
- El destello de helio: la mayor explosión que nadie llegará a ver
- La despedida: unos 20.000 años de nebulosa planetaria
- Lo que queda para siempre: una brasa del tamaño de la Tierra
- Ya hemos visto este final en otras estrellas
- Lo que todavía no sabemos
- ¿Podría sobrevivir la humanidad?
- Preguntas frecuentes
- ¿Cuándo morirá el Sol exactamente?
- ¿El Sol explotará como una supernova?
- ¿Se tragará el Sol a la Tierra?
- ¿Cuándo dejará la Tierra de ser habitable?
- ¿Cuánto dura una enana blanca?
- ¿Podría haber vida en otro lugar del sistema solar cuando eso ocurra?
La respuesta corta a qué pasará cuando el Sol muera lleva décadas circulando mal contada. Al Sol le quedan unos 5.000 millones de años de funcionamiento normal, sí. Pero la Tierra no aguanta ni una quinta parte de ese plazo: dentro de 1.080 millones de años, según un estudio publicado en Nature Geoscience, nuestra atmósfera habrá perdido el oxígeno. El Sol no necesita morirse para acabar con nosotros. Solo necesita seguir haciendo exactamente lo que hace.
LO ESENCIAL
Dentro de 1.000 millones de años: la Tierra deja de ser habitable. Ese es el plazo que importa, no los 5.000 de la estrella.
Dentro de 7.590 millones: el Sol alcanza su tamaño máximo como gigante roja, 256 veces el actual, y llega hasta 1,2 unidades astronómicas.
La Tierra no se salva: haría falta estar hoy a más de 1,15 UA del Sol. Estamos a 1,00. Nos faltan 22 millones de kilómetros.
No habrá explosión: el Sol es demasiado ligero para una supernova. Soltará sus capas y quedará una enana blanca del tamaño de la Tierra.
El Sol está justo por la mitad, y eso no significa estabilidad
Nuestra estrella tiene 4.600 millones de años y en su núcleo fusiona alrededor de 600 millones de toneladas de hidrógeno por segundo. De esa cantidad, unos 4 millones de toneladas no salen por el otro lado como helio: se convierten directamente en energía. Eso es lo que ilumina el cielo cada mañana, y lleva ocurriendo sin pausa desde antes de que existiera la Tierra tal como la conoces.
Con ese ritmo le quedan unos 5.000 millones de años de secuencia principal, el nombre técnico de la etapa adulta de una estrella. El problema es que «etapa adulta» no quiere decir «etapa constante». A medida que el helio se acumula en el centro, el núcleo se comprime, se calienta y fusiona más deprisa. El Sol brilla cada vez más: hace 4.000 millones de años emitía apenas un 70% de la luz actual, y sube en torno a un 1% cada 110 millones de años.
Ese goteo es el que nos mata, mucho antes de cualquier fuego artificial. Si te interesa el mecanismo por dentro, está desarrollado en el artículo sobre cómo funciona el Sol capa por capa, y las cifras de escala, en cuánto mide realmente nuestra estrella.
Primer plazo: 1.000 millones de años y se acaba el oxígeno
En marzo de 2021, Kazumi Ozaki y Christopher Reinhard publicaron en Nature Geoscience el cálculo más cuidadoso que existe sobre cuánto le queda a la atmósfera respirable de la Tierra. Ejecutaron su modelo del acoplamiento entre clima, geología y biosfera más de 400.000 veces, variando parámetros. El resultado fue sorprendentemente estrecho: 1.080 millones de años, con un margen de 140 millones.
La cadena es esta. Más luz solar acelera la meteorización de las rocas de silicato, que consumen dióxido de carbono. El CO₂ atmosférico cae por debajo del mínimo que necesitan las plantas para hacer fotosíntesis. Sin fotosíntesis no hay quien reponga el oxígeno, y el que hay se consume. Lo llamativo del estudio es la velocidad del desenlace: la caída no es gradual, es un desplome de unos 10.000 años, un parpadeo en términos geológicos. La Tierra vuelve a una atmósfera parecida a la que tuvo antes de la Gran Oxidación, hace 2.400 millones de años.
Después vienen los océanos. Con el Sol un 10% más brillante, el vapor de agua se acumula en la atmósfera alta, se disocia y el hidrógeno escapa al espacio. El planeta entra en un invernadero húmedo y luego en uno desbocado, el mismo proceso que dejó a nuestro vecino como está: si quieres ver el final del guion, mira el infierno de 464 grados en que se convirtió Venus. La Tierra hará ese mismo camino en algún momento entre los 2.000 y los 3.000 millones de años a partir de ahora.
LAS CUATRO ETAPAS QUE LE QUEDAN AL SOL
El círculo de puntos es la órbita de la Tierra, a escala relativa con el tamaño final
Hoy · una estrella amarilla corriente
+7.590 Ma · gigante roja, 256 veces mayor
Suelta sus capas · nebulosa planetaria
Enana blanca · una brasa que se enfría
La órbita terrestre queda dentro de la gigante roja: ese es literalmente el problema. espacioentrelazado.es
La gigante roja: 256 veces más grande y más fría que hoy
Cuando se agote el hidrógeno del núcleo, dentro de unos 5.000 millones de años, el centro del Sol se contraerá y la fusión pasará a una capa alrededor de él. Esa capa entrega mucha más energía, y la envoltura responde hinchándose. El Sol se convierte en gigante roja.
Los números concretos vienen del modelo de evolución solar de Klaus-Peter Schröder y Robert Connon Smith, publicado en Monthly Notices of the Royal Astronomical Society en 2008 y todavía la referencia estándar. En el máximo, dentro de 7.590 millones de años, el Sol tendrá un radio de 256 radios solares actuales, es decir 1,2 unidades astronómicas, y brillará 2.730 veces más que hoy.
La analogía de escala: si el Sol de hoy fuera una pelota de baloncesto de 24 centímetros, la gigante roja sería una esfera de 61 metros de diámetro, un edificio de veinte plantas. Y la Tierra, esa canica situada a 26 metros de distancia, estaría metida dentro.
Hay un detalle que casi nadie cuenta y que cambia la imagen mental: la gigante roja estará más fría en superficie que el Sol de ahora. Su temperatura efectiva bajará de los 5.772 kelvin actuales a 2.602 K, prácticamente la misma que el filamento de una bombilla incandescente de las antiguas. Ese es el motivo de su color: no es una estrella furiosa y blanca, es una esfera enorme, difusa y de un naranja apagado. Brilla 2.730 veces más simplemente porque tiene una superficie inmensa, no porque cada trozo de ella sea más caliente.
Y perderá masa por el camino. El viento estelar de una gigante es lento pero espeso: durante la fase de gigante roja el Sol expulsará 0,332 masas solares. Al llegar al máximo tamaño le quedará solo el 67% de la masa que tiene hoy.
¿Se traga a la Tierra? El tira y afloja que perdemos
Aquí está la pregunta que casi todos los artículos en español dejan en «es incierto». No lo es tanto, y el motivo por el que lo parecía resulta interesante: hay dos efectos que tiran en direcciones opuestas.
El primero juega a nuestro favor. Si el Sol pierde un tercio de su masa, su gravedad se debilita y todas las órbitas se ensanchan en proporción inversa. La Tierra pasaría de 1,00 a alrededor de 1,50 unidades astronómicas, casi la órbita actual de Marte. Con la gigante llegando solo a 1,2 UA, deberíamos librarnos por un margen cómodo.
El segundo nos hunde. La enorme envoltura del Sol levanta una marea sobre sí misma provocada por la Tierra, igual que la Luna levanta mareas en nuestros océanos. Esa protuberancia va con retraso respecto a nuestro planeta y actúa como un freno permanente que roba energía orbital. Schröder y Smith metieron los dos procesos en el mismo modelo, y el resultado es que la fricción de marea gana: la Tierra empieza a caer en espiral y es engullida justo antes de que el Sol alcance su tamaño máximo.
El umbral exacto: para sobrevivir al máximo de la gigante roja, un planeta necesita estar hoy a un mínimo de 1,15 unidades astronómicas del Sol. La Tierra está a 1,00. Nos faltan 0,15 UA, unos 22 millones de kilómetros. Perdemos por un 15%.
Con ese número en la mano se puede repasar la lista entera. Mercurio, el planeta más pequeño y extremo, y Venus caen mucho antes, sin discusión posible. Marte, en cambio, sobrevive, achicharrado pero entero. Y el resto del sistema solar exterior no solo aguanta: mejora.
| Cuerpo | Distancia hoy | Qué le pasa en el máximo de la gigante roja |
|---|---|---|
| Mercurio | 0,39 UA | Engullido, sin margen de duda |
| Venus | 0,72 UA | Engullido |
| Tierra | 1,00 UA | Engullida justo antes del máximo |
| Marte | 1,52 UA | Sobrevive, arrasado |
| Júpiter | 5,20 UA | Sobrevive y se aleja hasta unas 7,8 UA |
| Titán (luna de Saturno) | 9,58 UA | Se descongela: temperaturas templadas |
| Plutón | 39,5 UA | Recibe cerca del 80% de la luz que hoy nos llega a nosotros |
La última fila merece un momento. Con el Sol emitiendo 2.730 veces más luz, la distancia a la que un cuerpo recibiría la iluminación que hoy tiene la Tierra se desplaza a unas 52 unidades astronómicas: hay que irse al cinturón de Kuiper para encontrar una temperatura agradable. Plutón, ya en una órbita ensanchada de unas 59 UA, se llevaría alrededor del 78% de nuestra insolación actual. Durante unos cuantos cientos de millones de años, la zona templada del sistema solar estará allí donde hoy creemos que se acaba todo.
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El destello de helio: la mayor explosión que nadie llegará a ver
En el máximo de la gigante roja ocurre algo que parece una exageración y no lo es. El núcleo del Sol, comprimido hasta un estado llamado materia degenerada, alcanza los 100 millones de grados y enciende la fusión del helio de golpe, en cadena. Durante unos segundos, ese núcleo libera energía a un ritmo comparable al de toda la Vía Láctea junta.
Y desde fuera no se vería absolutamente nada. Toda esa energía se gasta en reordenar las capas que hay encima, que la absorben como una manta. Un astrónomo mirando desde otro sistema estelar solo registraría que el Sol se encoge y se apaga un poco. La detonación más violenta de la vida de nuestra estrella es, vista de lejos, un suspiro.
Después llega una tregua. El Sol se contrae hasta unas 10 veces su tamaño actual y pasa unos 100 millones de años tranquilo, fusionando helio en carbono y oxígeno. Cuando también agote ese helio, volverá a hincharse en una segunda fase de gigante, esta vez inestable y con pulsos térmicos que soplarán al espacio lo que quede de su envoltura.
La despedida: unos 20.000 años de nebulosa planetaria
Lo que suelta el Sol en esa etapa final es aproximadamente la mitad de la masa que le queda: capas de hidrógeno, helio, carbono y nitrógeno que salen despedidas a decenas de kilómetros por segundo. Al desprenderse la envoltura queda al descubierto el núcleo desnudo, a más de 100.000 grados, cuya radiación ultravioleta ioniza ese gas y lo hace brillar. Eso es una nebulosa planetaria, y el nombre es una herencia de los telescopios del siglo XVIII: se veían como discos y recordaban a planetas. No tienen nada que ver.
Es el momento más espectacular de toda la biografía del Sol y también el más breve: el gas se dispersa y deja de brillar en 10.000 o 20.000 años. Puesto en perspectiva, si comprimiéramos los aproximadamente 12.000 millones de años de vida total del Sol en un día de 24 horas, la nebulosa planetaria duraría menos de una milésima de segundo.
¿Llegará el Sol a producir una de verdad? Está justo en el límite. Durante décadas se pensó que hacían falta unas dos masas solares para ionizar el gas antes de que se disperse, lo que dejaría al Sol fuera. Un trabajo de Gesicki, Zijlstra y Miller Bertolami publicado en Nature Astronomy en 2018 rebajó ese mínimo a alrededor de 1,1 masas solares, con lo que el Sol produciría una nebulosa, pero débil y de corta vida. Es un empate técnico y conviene decirlo así.
Lo que queda para siempre: una brasa del tamaño de la Tierra
El final de la historia es un objeto de unas 0,54 masas solares comprimido en una esfera del tamaño de nuestro planeta. Medio Sol dentro de una Tierra. La densidad resultante es difícil de asimilar: un centímetro cúbico de ese material pesaría alrededor de una tonelada. Es una enana blanca, y su física tiene poco que ver con la de una estrella normal: ya no fusiona nada, solo se sostiene por la presión de sus propios electrones apretados.
A partir de ahí, lo único que hace es enfriarse. Nace por encima de los 100.000 kelvin y se va apagando durante miles de millones de años, pasando del blanco al amarillo, al rojo y al infrarrojo. En teoría el punto final es una enana negra, un cuerpo tan frío que ya no emite luz visible. En la práctica, ese proceso necesita del orden de 10.000 billones de años, y el universo solo tiene 13.800 millones: tendría que ser unas 70.000 veces más viejo de lo que es. No existe ni una sola enana negra en todo el cosmos, y no la habrá en mucho tiempo.
Lo que no habrá, en ningún caso, es explosión. Para terminar en supernova hace falta al menos ocho veces la masa del Sol; nuestra estrella no llega ni de lejos. Ese camino, el violento, es el de las supergigantes rojas que sí acaban estallando, y está contado junto al resto de finales posibles en el ciclo de vida completo de una estrella.
Ya hemos visto este final en otras estrellas
Nada de esto es teoría sin comprobar. En los últimos años se han encontrado sistemas que son, literalmente, fotografías del futuro del sistema solar.
El caso más elocuente es KMT-2020-BLG-0414, detectado por microlente gravitatoria y publicado en Nature Astronomy en septiembre de 2024: un planeta rocoso de 1,9 masas terrestres orbitando a 2,1 UA de una enana blanca. Un mundo del tamaño del nuestro que sobrevivió a la muerte de su estrella, exactamente como predice el umbral de 1,15 UA. Si la Tierra estuviera un poco más lejos, este sería su retrato dentro de 8.000 millones de años.
El otro es WD 1856+534 b, un planeta gigante que da una vuelta completa a su enana blanca cada 1,4 días, a solo 0,02 UA. Está dentro de la llamada zona prohibida, la región que la estrella barrió cuando era gigante roja, así que no pudo formarse ahí: migró después. En abril de 2025, medidas del telescopio James Webb publicadas en The Astrophysical Journal Letters le asignaron una temperatura de 186 kelvin, lo que lo convierte en el exoplaneta más frío detectado directamente hasta la fecha. La lección es que la muerte de una estrella reorganiza su sistema planetario, pero no necesariamente lo destruye.
Lo que todavía no sabemos
La cifra más frágil de todo el artículo es precisamente la más citada: si la Tierra acaba engullida o no. El resultado depende de cómo se modela la fricción de marea dentro de una envoltura gigante y difusa, y de cuánta masa pierde exactamente el Sol antes de llegar al máximo. Un viento un poco más intenso ensancharía más nuestra órbita y podría dejarnos fuera por los pelos. Otros modelos posteriores han obtenido justo eso. El consenso actual se inclina por el engullimiento, pero con menos firmeza de la que sugieren los titulares.
Tampoco está resuelto si el Sol producirá una nebulosa planetaria visible, ni cómo se comportarán los pulsos térmicos de la fase final, que son caóticos y difíciles de simular. Y hay una variable externa: dentro de unos 4.000 o 5.000 millones de años la Vía Láctea podría estar fusionándose con Andrómeda, aunque un estudio de 2025 rebajó esa probabilidad a poco más de un 50%. Nada de eso tocaría físicamente al Sol, pero cambiaría el cielo por completo.
¿Podría sobrevivir la humanidad?
Conviene calibrar el plazo antes de responder. Homo sapiens lleva unos 300.000 años sobre este planeta. Mil millones de años son más de 3.000 veces todo lo que llevamos existiendo. Preguntarse qué hará nuestra especie entonces se parece bastante a que una bacteria del Precámbrico se preguntara por nosotros.
Aun así, hay propuestas serias sobre la mesa. La más comentada es la de Korycansky, Laughlin y Adams (2001): desviar un asteroide grande para que pase repetidamente cerca de la Tierra y le transfiera momento orbital, alejándonos poco a poco del Sol. Harían falta miles de maniobras repartidas a lo largo de cientos de millones de años, con un margen de error nulo. Y la alternativa, mudarse hacia fuera, tiene su lógica: cuando aquí sea insoportable, las lunas heladas de Júpiter y Saturno llevarán tiempo deshelándose.
El detalle que se queda contigo es otro. Los átomos de calcio de tus huesos y el hierro de tu sangre salieron del interior de estrellas que ya pasaron por esto. Cuando el Sol suelte sus capas, ese gas enriquecido se mezclará con nubes de la galaxia y formará estrellas nuevas, y planetas nuevos. No es un final limpio: es material devuelto al circuito.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo morirá el Sol exactamente?
Depende de qué se entienda por morir. Agotará el hidrógeno de su núcleo dentro de unos 5.000 millones de años, alcanzará su tamaño máximo como gigante roja dentro de 7.590 millones y quedará convertido en enana blanca alrededor de los 8.000 millones. Pero la Tierra habrá dejado de ser habitable mucho antes: dentro de unos 1.080 millones de años.
¿El Sol explotará como una supernova?
No. Para terminar en supernova hace falta una masa de al menos ocho soles, y el Sol se queda muy por debajo. Su final será mucho más tranquilo: expulsará sus capas exteriores formando una nebulosa planetaria durante unos 10.000 o 20.000 años, y dejará al descubierto un núcleo caliente que se enfriará lentamente como enana blanca.
¿Se tragará el Sol a la Tierra?
El modelo de referencia, de Schröder y Connon Smith (2008), dice que sí. Al perder 0,332 masas solares la órbita terrestre se ensancharía hasta unas 1,5 unidades astronómicas, pero la fricción de marea con la envoltura de la gigante nos frenaría y nos haría caer en espiral. Para salvarse haría falta estar hoy a más de 1,15 UA, y la Tierra está a 1,00.
¿Cuándo dejará la Tierra de ser habitable?
Dentro de 1.080 millones de años, con un margen de 140 millones, según el trabajo de Ozaki y Reinhard publicado en Nature Geoscience en 2021. El Sol brillará lo suficiente como para que la meteorización de las rocas hunda el dióxido de carbono por debajo del mínimo que necesita la fotosíntesis; sin plantas, el oxígeno atmosférico se desploma en unos 10.000 años.
¿Cuánto dura una enana blanca?
Prácticamente para siempre en términos humanos. La que dejará el Sol tendrá unas 0,54 masas solares en un volumen del tamaño de la Tierra, nacerá por encima de los 100.000 kelvin y se irá enfriando sin fusionar nada. Convertirse en enana negra, ya sin luz visible, requeriría del orden de 10.000 billones de años, así que en el universo actual no existe ninguna.
¿Podría haber vida en otro lugar del sistema solar cuando eso ocurra?
La zona templada se desplazará hacia fuera. Con el Sol brillando 2.730 veces más, la distancia que recibiría la iluminación actual de la Tierra se sitúa en torno a las 52 unidades astronómicas, o sea el cinturón de Kuiper. Titán y las lunas heladas de Júpiter y Saturno se descongelarían durante unos cientos de millones de años, un plazo corto en términos biológicos pero no despreciable.
FUENTES Y PARA SABER MÁS
— K.-P. Schröder y R. Connon Smith: «Distant future of the Sun and Earth revisited», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society 386, 155 (2008)
— K. Ozaki y C. T. Reinhard: «The future lifespan of Earth’s oxygenated atmosphere», Nature Geoscience (marzo de 2021)
— K. Gesicki, A. A. Zijlstra y M. Miller Bertolami: Nature Astronomy 2, 580 (2018), sobre el límite de masa para formar una nebulosa planetaria
— «An Earth-mass planet and a brown dwarf in orbit around a white dwarf», Nature Astronomy (septiembre de 2024)
— M. Limbach y colaboradores: emisión térmica de WD 1856+534 b con el telescopio James Webb, The Astrophysical Journal Letters 984, L28 (abril de 2025)
— D. G. Korycansky, G. Laughlin y F. C. Adams: «Astronomical engineering: a strategy for modifying planetary orbits», Astrophysics and Space Science (2001)


